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sábado, 28 de febrero de 2009

18. Confirmación | Totalmente por Gracia (All of Grace) - Charles Spurgeon

Deseo que notes la seguridad que Pablo confiadamente esperaba como un beneficio para todos los santos. Dice: “El cual también os confirmará hasta el fin, para que seáis irreprensibles en el día de nuestro Señor Jesucristo.” Esta es la clase de confirmación que debemos desear ante todo. Como ves, presupone el texto que las personas andan en la verdad, y propone confirmarlas en ella. Sería terrible confirmar a una persona en sus caminos de pecado y error. Pensemos en un borracho confirmado, un ladrón confirmado o un embustero confirmado. Sería cosa deplorable confirmar a una persona en su incredulidad y en su impiedad.

La gracia ya manifestada
Solamente podrán disfrutar de la confirmación divina aquellos a quienes la gracia de Dios ya se ha manifestado. Esta confirmación es obra del Espíritu Santo. El que da la fe, la fortalece y confirma. El que enciende la llama del amor divino en nosotros la preserva y aumenta. Lo que nos hace saber con sus primeras enseñanzas, el buen Espíritu nos hace saber con más claridad y certeza con todavía más enseñanza. Confirma las acciones santas hasta que llegan a ser hábitos establecidos, y confirma las emociones santas, hasta que se convierten en una condición permanente. La experiencia y la práctica confirman nuestra fe y nuestras resoluciones. Tanto nuestras alegrías como nuestras penas, tanto nuestros éxitos como nuestros fracasos, son santificados para el mismo fin, tal como el árbol recibe ayuda tanto de la lluvia como del viento recio para echar fuertes raíces. La mente recibe instrucción y al aumentar su saber acumula razones para perseverar en el buen camino. El corazón recibe consuelo, y por ello se aferra más y más a la verdad consoladora. Su paso se afianza y se hace más firme, el creyente resulta más sólido y robusto.

Una obra del Espíritu
No se trata aquí de un crecimiento meramente natural, sino de una obra tan claramente del Espíritu como la conversión misma. Podemos estar seguros de que el Señor lo concederá a los que confían en él para vida eterna. Por su operación en nuestro interior nos librará de ser “inestables como el agua” y hará que seamos firmes y estemos arraigados. Esto es parte del método por medio del cual nos salva, este edificarnos en Cristo Jesús, causando que permanezcamos en él. Querido lector, espera esto diariamente y no te decepcionarás. El Señor en quien confías te hará como el árbol plantado junto a arroyos de aguas, tan bien guardado que tu hoja no se marchitará.

¡Qué fuerza para la iglesia es el cristiano confirmado! Él es consuelo para los afligidos y apoyo para los débiles. ¿Te gustaría ser así? Los creyentes confirmados son columnas en la casa de nuestro Dios. No son llevados de aquí para allá por todo viento de doctrina, ni caen ante una tentación repentina. Son un gran apoyo para los demás, anclas en los tiempos difíciles de la iglesia. Tú, que estás comenzando tu vida espiritual quizá no te atreves a ser como ellos. Pero no lo dudes, el Señor obrará en ti tanto como obra en ellos. Algún día, tú que hoy eres un infante en

Cristo, serás un padre en la iglesia. Ten esperanza, pero espéralo como don de gracia y no como pago por alguna obra o como producto de tus propios esfuerzos.

Hasta el fin
Inspirado, el apóstol Pablo describe a estas personas como confirmadas hasta el fin. Pablo esperaba que la gracia de Dios las guardara personalmente hasta el fin de su vida, o hasta la venida del Señor Jesús. En realidad esperaba que toda la iglesia de Dios en todo lugar y en todas las épocas fuera guardada hasta el fin de la dispensación, hasta que viniera el Señor Jesús como el esposo a celebrar las bodas con su esposa perfeccionada. Todos los que están en Cristo serán confirmados en él hasta ese día glorioso. ¿No ha dicho acaso: “Porque yo vivo también vosotros viviréis?” También dijo: “Yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las puede arrebatar de mi mano.” El que ha empezado la buena obra en ti, la perfeccionará hasta el día de Cristo. La obra de la gracia en el alma no es una reforma superficial. La vida que Dios da con el nuevo nacimiento procede de una simiente viva e incorruptible, vive y permanece eternamente. Y las promesas de Dios a los creyentes no son de carácter transitorio sino que incluyen, para que se cumplan, que el creyente siga en su camino hasta llegar a la gloria sin fin. Somos guardados por el poder de Dios, por medio de la fe para salvación eterna. “Proseguirá el justo su camino.” Los que creen no como resultado de su propio mérito o fuerza, sino como un favor inmerecido, son guardados. Jesús no perderá ninguna de las ovejas de su rebaño; no morirá ningún miembro de su cuerpo; no faltará ninguna piedra preciosa de su joyero cuando venga a juntarlas. Querido lector, la salvación que es recibida por fe no es cosa de meses o de años; porque nuestro Señor Jesús nos ha conseguido “salvación eterna”, y lo eterno no tiene término.

Irreprensibles
Pablo declara también que su esperanza para los santos de Corinto es que sean “confirmados hasta el fin irreprensibles”. Esta condición irreprensible es una parte preciosa de la gracia de ser guardados. Ser guardado santo es más que ser guardado salvo. Es triste ver gente religiosa tropezar y caer de una falta a otra, nunca han creído en el poder de Dios para guardarlas irreprensibles. La vida de algunos que profesan ser cristianos consiste en una serie de tropiezos, nunca están totalmente derrotados, pero tampoco nunca en marcha. Esto no es digno del creyente. Su vocación es andar con Dios, y por la fe puede llegar a perseverar firmemente en la santidad, y debe hacerlo. El Señor es poderoso no sólo para salvarnos del infierno, sino para guardarnos de caer. No tenemos por qué ceder a la tentación. ¿Acaso no está escrito: “El pecado no se enseñoreará de vosotros?” El Señor es poderoso para guardar los pies de sus santos, y lo hará si nos entregamos a él confiados en que lo hará. No tenemos por qué manchar nuestros vestidos. Por su gracia podemos ser guardados sin mancha del mundo. Éste es nuestro deber, porque “sin santidad nadie verá al Señor.”

El apóstol profetizaba prediciendo para los creyentes de Corinto lo que debiéramos nosotros buscar, a saber, ser guardados “irreprensibles hasta el día del Señor Jesucristo”. Haga Dios que en ese gran día nos veamos libres de todo cargo, de modo que nadie en todo el universo se atreva a desafiar nuestra afirmación de que somos los redimidos del Señor. Tenemos faltas y debilidades de las cuales nos lamentamos, pero no son del tipo que demuestra que vivimos separados de Cristo. Debemos estar libres de hipocresía, engaño, odio y placer en el pecado, porque tales cosas serían acusaciones fatales. A pesar de nuestros fracasos involuntarios, el Espíritu Santo puede obrar en nosotros produciendo un carácter irreprensible delante de los hombres, de manera que, como Daniel, no demos ocasión a las lenguas acusadoras, excepto en lo que concierne a nuestra religión.

Multitud de hombres piadosos, como también de mujeres piadosas, han dado pruebas de una vida tan pura y tan consecuente, que nadie los ha podido reprender. El Señor podrá decir de muchos creyentes lo mismo que dijo de Job, al aparecer Satanás ante su presencia: “¿No has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto temeroso de Dios y apartado del mal?” Esto es lo que debe esperar de las manos de Dios mi lector. Éste es el triunfo de los santos: continuar “siguiendo al Cordero por donde quiera que fuere”, manteniendo nuestra integridad como si estuviéramos delante del Dios viviente. No tomemos jamás caminos torcidos dando lugar a que blasfeme el adversario. Está escrito del verdadero creyente: “Dios lo guarda, y el maligno no lo toca.” ¡Haga Dios que así se escriba acerca de nosotros!

Amigo que ahora empiezas a vivir la vida divina, el Señor puede darte un carácter irreprensible. Aun cuando en el pasado hayas caído en pecados graves, el Señor es poderoso para librarte totalmente del poder de viejas costumbres y convertirte en un ejemplo de virtud. No solamente puede hacerte moral, sino que puede hacerte aborrecer todo camino de falsedad y seguir en pos de todo lo que es santo. No lo dudes. El peor de los pecadores no necesita quedarse atrás del más puro de los santos. Cree esto, y según tu fe te será hecho.

¡Oh, que gozo que seamos considerados irreprensibles en el día del juicio! No cantamos mentiras cuando entonamos este hermoso himno:

Sereno miro ese día:
¿Quién me acusará?
En el Señor mi ser confía:
¿Quién me condenará?
¡Qué felicidad será disfrutar de esa valentía a toda prueba, cuando el cielo y la tierra huyan del rostro del Juez de todos los seres humanos! Esta felicidad será el destino de todos cuantos confíen exclusivamente en la gracia de Dios en Cristo Jesús, y en ese poder sagrado libran batalla continua contra todo pecado.

Preguntas de estudio para la Parte 18: Confirmación (seguridad de salvación)
El cual también os confirmará hasta el fin, para que seáis irreprensibles en el día de nuestro Señor Jesucristo. - 1 Cor. 1:8
La gracia ya manifestada

1. ¿Por qué es la confirmación divina sólo para los que son realmente salvos?

Una obra del Espíritu

2. ¿Cómo obra el Espíritu en la confirmación del creyente?

Hasta el fin

3. Por favor escriba la referencia y el punto clave de cada uno de los siguientes versículos en esta sección:

a. Juan 14:19 Aun un poquito, y el mundo no me verá más; empero vosotros me veréis; porque yo vivo, y vosotros también viviréis.
b. Juan 10:28 Y yo les doy vida eterna y no perecerán para siempre, ni nadie las arrebatará de mi mano.
c. Judas 1:1 Judas, siervo de Jesucristo, y hermano de Jacobo, a los llamados, santificados en Dios Padre, y conservados en Jesucristo.
4. ¿Cuál es su respuesta personal a estos versículos?

Irreprensibles

5. En relación con tropezar por el pecado, ¿cuál debería ser el estado normal del verdadero cristiano? ¿Por qué?

6. ¿Qué significa ser guardados “irreprensibles”?

7. ¿Cuál es su reacción personal a esta verdad de que usted puede tener un carácter irreprochable y andar en santidad?

Nota: Por favor no se confunda al leer el punto principal en esta porción. Spurgeon no está diciendo que alcanzaremos la perfección sin pecado. No, todos pecamos todos los días. Pero no disfrutamos continuamente del pecado después de ser salvos. Nuestro estilo de vida nos apartará cada vez más de todas las formas de egoísmo y mundanalidad. Si queremos ser salvos del infierno, pero notamos que seguimos disfrutando de un estilo de vida egoísta (efidenciado por “hipocresía, engaño, odio y placer en el pecado:), puede ser una indicación de que nunca nos hemos apartado de nuestros pecados a fin de acercarnos a Cristo como nuestro Señor y Salvador.


[Para ver todos los capítulos publicados hasta esta fecha, puedes dar clic aquí.]

Fuente: Gospel Translations

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jueves, 26 de febrero de 2009

17. El temor de caer al final | Totalmente por Gracia (All of Grace) - Charles Spurgeon

Un temor que se apodera de muchos
A veces, cierto temor se apodera de muchos que buscan la salvación: temen que no podrán perseverar hasta el fin. He oído decir: “Si yo entregara mi alma al Señor Jesús, tal vez volvería atrás y, al final, me perdería. He tenido sentimientos buenos antes de ahora, pero ya no los tengo. Lo bueno en mí es como la niebla de la mañana y como el rocío temprano. Aparece de repente, dura poco, promete mucho y luego desaparece.”

Fe temporaria
Querido lector, creo que este temor es a menudo el padre del hecho y que algunos que han tenido miedo de confiar en Cristo para todo el tiempo y para toda la eternidad, han fracasado porque su fe es temporal y no suficiente para salvarlos. Empezaron confiando en Jesús hasta cierto punto, pero siguieron confiando en sí mismos para continuar y perseverar en el camino al cielo y es así que, por empezar mal, naturalmente no tardaron en volverse atrás. Si confiamos en nosotros mismos para perseverar, no perseveraremos. Aun cuando confiamos en Jesús esperando de él buena parte de la salvación, fracasaremos si confiamos en nosotros mismos en cualquier sentido. No hay cadena más fuerte que el más débil de sus eslabones. Si esperamos de Jesús todo excepto una cosa, fracasaremos totalmente, porque en esa cosa ciertamente tropezaremos.

No me cabe duda de que el error en relación con la perseverancia de los santos ha impedido la perseverancia de muchos que un día marchaban bien.

¿Cuál fue su tropiezo? Confiaban en sí mismos para correr su carrera, y, en consecuencia, se detuvieron. Cuidado con mezclar algo del yo en el cemento con que edificas, porque lo convertirás en cemento destemplado, y las piedras no quedarán pegadas. Si confías en Cristo para comenzar, cuidado de no confiar en ti mismo para finalizar. Él es Alfa. Mira que te sea Omega también. Si principias en Espíritu, no debes esperar que te perfeccionarás por la carne. Empieza como piensas continuar y continúa como empezaste, siéndote el Señor el todo en todo. ¡Oh, que Dios el Santo Espíritu nos dé una idea muy clara acerca de dónde tiene que proceder toda fuerza necesaria para perseverar y para ser guardados hasta el día de la venida del Señor!

Pablo dijo lo siguiente sobre este asunto al escribir a los corintios:

Nuestro Señor Jesucristo … os confirmará hasta el fin, para que seáis irreprensibles en el día de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor. (1 Cor. 1:8, 9).
Estas palabras reconocen silenciosamente una gran necesidad de decirnos cómo Dios la ha tenido en cuenta para llenarla. Siempre que el Señor da algo, podemos estar seguros de que es algo que necesitamos, ya que el pacto de gracia no carga con cosas superfluas. En el palacio de Salomón colgaban escudos de oro que nunca se usaban, pero en el arsenal de Dios no hay nada así. Lo que Dios ha provisto es lo que ciertamente necesitamos. Desde hoy hasta la consumación de todas las cosas, cada promesa de Dios será cumplida, y toda provisión de su pacto de gracia nos será dada. La necesidad urgente del alma que cree es la confirmación, la continuación, la perseverancia final, y la preservación para siempre.

Tal es la necesidad del creyente más adelantado, porque Pablo estaba escribiendo a los santos de Corinto, personas consagradas de las cuales podía decir: “Gracias doy a mi Dios siempre por vosotros, por la gracia de Dios que os fue dada en Cristo Jesús.” Tales personas son precisamente las que sienten de verdad que necesitan gracia nueva para continuar el camino, perseverar y salir vencedores al final. Si no fueran ustedes santos, no tendrían necesidad de la gracia; pero por ser hombres de Dios, sienten diariamente las necesidades de la vida espiritual. La estatua de mármol no siente necesidad de alimento, pero el hombre vivo siente hambre y sed, y se regocija de que no le faltan el pan y el agua, porque si le faltasen, perecería en el camino. Las necesidades personales del creyente hacen inevitable que acuda diariamente a la gran fuente de todas las provisiones, pues ¿qué otra cosa podría hacer, si no pudiera recurrir a su Dios?

Esto es así en el caso de los más dotados de los santos –de los corintios enriquecidos de todo don de conocimiento y sabiduría. Necesitaban ser confirmados hasta el fin, y de no ser así, sus dones y conocimientos terminarían siendo su ruina. Si hablásemos lenguas humanas y angélicas, y no recibiéramos gracia nueva de día en día, ¿dónde estaríamos ahora? Si tuviéramos toda experiencia hasta ser “padres de la iglesia”, si Dios nos enseñara hasta comprender todo misterio, no podríamos vivir un solo día sin que de él, Cabeza del Pacto, fluyera hacia nosotros la vida divina. ¿Cómo podríamos esperar perseverar ni siquiera una hora, por no decir una vida entera, a no ser que el Señor nos lleve adelante? El que ha empezado la buena obra en nosotros tiene que perfeccionarla hasta el día de Cristo, de otra manera terminará siendo un doloroso fracaso.

De nuestro propio yo
Esta necesidad surge en gran parte de nuestro propio yo. Algunos sufren por temor de no poder perseverar en la gracia, porque se saben inconstantes. Algunas personas son inestables por naturaleza. Otras son naturalmente obstinadas y otras igualmente variables y volátiles. Van de flor en flor como las mariposas, visitando todas las hermosuras del jardín, sin hacer morada fija en ninguna parte. Nunca se detienen en un punto fijo como para hacerle un bien a alguien, ni siquiera en su trabajo, ni en sus estudios. Tales personas temen, con razón, que diez, veinte, treinta o cuarenta años de fidelidad religiosa les resulte imposible. Vemos a gente afiliarse a una iglesia tras otra, hasta haber dado la vuelta entera. Hacen de todo por turno y nada les dura. Tienen doble necesidad de pedirle a Dios que los confirme divinamente y los haga no sólo firmes sino insacudibles. De otra manera no serán hallados “constantes, creciendo en la obra del Señor siempre.”

Sentir nuestra propia debilidad
Todos, aun los que no tenemos una inclinación natural hacia la inconstancia, sentimos nuestra debilidad si realmente hemos sido vivificados por Dios. Querido lector, ¿no encuentras lo suficiente cada día para hacerte tropezar? Tú que deseas vivir santamente, como espero que así sea, tú que tienes un alto ideal de lo que debe ser la vida cristiana, ¿no hallas que antes de que se haya limpiado la mesa después del desayuno, ya has demostrado tanta falta de criterio que te avergüenzas? Aunque nos encerráramos en la celda solitaria del ermitaño, nos acompañaría la tentación, porque mientras no podamos escaparnos de nosotros mismos, no podremos escapar de la tentación. Hay cierto componente dentro de nuestro corazón que nos debe mantener alertas y humildes delante de Dios. Si él no nos confirma, somos tan débiles que fácilmente tropezamos y caemos, no necesariamente vencidos por el enemigo sino por nuestro propio descuido. Señor, sé tú nuestra fuerza. Nosotros somos la personificación de la debilidad.

Cansancio
Además, notaremos el cansancio que produce una vida larga. Al iniciar nuestra carrera espiritual nos remontamos con alas de águila, más adelante corremos sin cansarnos, y en nuestros mejores días andamos sin desmayar. Nuestra marcha parece más pausada, pero es más útil y más regular. Pido a Dios que la energía de la juventud nos acompañe mientras que sea la energía del Espíritu y no meramente el fervor de la carne altiva. El que hace tiempo anda camino al cielo, descubre que por buena razón tenemos la promesa de que los zapatos serán de hierro y bronce porque el camino es áspero. Ha descubierto que existen Collados de Dificultad y Valles de Humillación; que existe un Valle de Sombra de Muerte, y peor todavía, la Feria de la Vanidad, todos los cuales tiene que atravesar. Si hay Montes de Delicias (y gracias a Dios que los haya), hay también Castillos de Desesperación cuyo interior los peregrinos han visto con mucha frecuencia. En conclusión, los que perseveran hasta el fin en el camino de la santidad, serán “objeto de admiración.”

“¡Oh mundo de maravillas, es lo menos que puedo decir!” Los días de la vida del cristiano son como perlas de misericordia ensartadas en el hilo de oro de la fidelidad divina. En el cielo manifestaremos ante los ángeles, ante principados y poderes, las inescrutables riquezas de Cristo que nos prodigó y que disfrutamos mientras estamos aquí en la tierra. Nos ha mantenido vivos al borde de la muerte. Nuestra vida espiritual ha sido una llama que sigue ardiendo en medio del mar, una piedra que sigue suspendida en el aire. Se maravillará el universo al vernos entrar, libres de culpa, por la puerta de perlas el día de nuestro Señor Jesucristo. Tendríamos que sentirnos llenos de agradecida admiración por ser guardados siquiera una hora. Espero que así sea.

El lugar en que vivimos
Si esto fuera todo, habría razón suficiente para sentirnos ansiosos; pero hay mucho más. Tenemos que acordarnos en qué lugar vivimos. Este mundo es un desierto espantoso para muchos de los hijos de Dios. Algunos de nosotros disfrutamos providencias de Dios, pero para otros es una lucha constante. Nosotros empezamos el día con la oración a Dios y oímos a menudo el canto de alabanza en nuestro hogar; pero muchos otros, apenas se han levantado de sus rodillas por la mañana cuando tienen que aguantar blasfemias. Salen para el trabajo y se pasan todo el día escuchando conversaciones blasfemas como el justo Lot en Sodoma. ¿Puedes andar siquiera por la calle en estos días sin que tus oídos sean acosados por las palabras más soeces? El mundo no es amigo de la gracia. Lo mejor que podemos hacer con este mundo es pasar por él cuanto antes porque vivimos en campo enemigo. En cada matorral se esconde algún ladrón. Tenemos que andar por todas partes con la espada desenvainada, o a lo menos con la espada llamada oración constantemente a nuestro lado, porque tenemos que luchar por cada trecho del camino. No te equivoques en este punto si quieres evitar que te tiren abajo tus falsas ilusiones. ¡Oh, Dios, ayúdanos, y confírmanos hasta el fin! si no, ¿dónde iremos a parar?

La verdadera religión es sobrenatural en su comienzo, es sobrenatural en su continuación y es sobrenatural en su terminación. Es obra de Dios desde el principio hasta el fin. Hay gran necesidad de que la mano de Dios siga extendida. Me alegra esa necesidad que siente mi lector ahora, porque significa que ahora dependerá, para su propia preservación, del Señor que es el único que puede impedir que caigamos y que puede glorificarnos con su Hijo.

Preguntas de estudio para la Parte 17: El temor de caer al final
Fe temporaria

1. ¿Cuál es la causa fundamental de la incredulidad para los que profesan ‘creer’, pero al poco tiempo se vuelven atrás?

2. Describa la relación entre nuestra fuente de poder para seguir en la vida cristiana, y nuestra fuente de poder para comenzar la vida cristiana.

3. a. ¿Cuál es la necesidad diaria de tanto los creyentes más avanzados, como las santos más dotados?
b. Sus posiciones avanzadas o sus dones ¿les ayudan a perseverar? ¿Por qué?

De nuestro propio yo

4. ¿Cómo pueden lograr estabilidad los que están cambiando constantemente su manera de pensar o sus circunstancias?

Sentir nuestra propia debilidad

5. ¿Es una ayuda o un obstáculo creer que de algún modo somos ‘capaces’ de vivir la vida cristiana? Explique su respuesta.

Cansancio

6. a. ¿Por qué es normal sentirse cansado después de algunos años de vida cristiana?
b. Cuando nos sentimos cansados, ¿cuál es realmente nuestra situación desde el punto de vista de Dios?

El lugar en que vivimos
7. a. ¿Por qué es el ‘mundo’ un lugar tan cruel para algunos cristianos?
b. ¿Cuál es la auténtica ayuda del cristiano para vencer al mundo?


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Fuente: Gospel Translations
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miércoles, 25 de febrero de 2009

16. Cómo nos es dado el arrepentimiento | Totalmente por Gracia (All of Grace) - Charles Spurgeon

Exaltado para dar arrepentimiento
Volvamos al texto maravilloso: “A éste Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados.” Nuestro Señor Jesucristo ascendió para que la gracia descienda. Él emplea su gloria para extender mejor su gracia. El Señor no ha dado un solo paso hacia lo alto sino con el objeto de llevar a los creyentes hacia lo alto con él. Ha sido exaltado para dar arrepentimiento, lo cual comprobaremos si recordamos varias grandes verdades.

Jesús hace que el arrepentimiento sea posible, accesible y aceptable
La obra de nuestro Señor Jesús ha hecho que el arrepentimiento sea posible, accesible y aceptable. La ley no habla de arrepentimiento, si no que dice sencillamente: “El alma que pecare, esa morirá”. Si el Señor Jesús no hubiera muerto, resucitado y ascendido al Padre, ¿para qué servirían tu arrepentimiento o el mío? Podríamos sentir remordimiento de conciencia con todos sus horrores, pero no el verdadero arrepentimiento con sus esperanzas. El arrepentimiento, cuando es un sentimiento natural, es un deber común que no merece mayores elogios. Es un sentimiento tan comúnmente mezclado con el temor egoísta de ser castigado que, en el mejor de los casos, ni se tiene en cuenta. Si no hubiera intervenido Jesús, agregándole ricos méritos, nuestras lágrimas de arrepentimiento no valdrían más que unas gotas de agua derramadas en el suelo. Jesús es exaltado en las alturas para que en virtud de su intercesión ante Dios, nuestro arrepentimiento tenga valor. En este sentido nos da arrepentimiento, porque le otorga al arrepentimiento una posición en que es aceptable, que de otro modo jamás lo hubiera sido.

El Espíritu de Dios
Cuando Jesús fue exaltado en las alturas, el Espíritu de Dios fue derramado para producir en nosotros todos los dones de gracia que necesitamos. El Espíritu Santo crea en nosotros el arrepentimiento por medio de renovar nuestra naturaleza de un modo sobrenatural, y quitando de nuestro ser el corazón de piedra. ¡No te sientes frotándote los ojos para forzar que broten lágrimas imposibles! El arrepentimiento no proviene de una naturaleza rebelde, sino de la gracia gratuita y soberana. No entres en tu cámara a fin de pegarte el pecho para producir en un corazón de piedra sentimientos que no existen en él. En cambio, acude al Calvario y contempla la pasión y muerte de Jesús. Mira hacia lo alto de donde viene tu socorro. El Espíritu Santo ha venido expresamente para eclipsar el espíritu de los hombres y engendrar en ellos el arrepentimiento tal como antes se movía sobre el caos desordenado para producir orden. Eleva tu ruego a él: “Bendito Espíritu de Dios, mora en mí. Hazme blando y humilde de corazón para que aborrezca el pecado y me arrepienta sinceramente de él.” Él oirá tu clamor y te responderá.

Consagrando todas las obras de la naturaleza y de la providencia
Acuérdate también de que cuando el Señor Jesús fue exaltado, no solamente nos dio el arrepentimiento por medio de enviar el Espíritu Santo, sino también por medio de consagrar todas las obras de la naturaleza y de la Providencia para lograr la gran meta de nuestra salvación, a fin de que cualquiera de ellas pueda llamarnos al arrepentimiento, ya sea que cante, como el gallo que oyó Pedro, o retumbe, como el terremoto que espantó al carcelero de Filipos. Desde la diestra de Dios, nuestro Señor Jesús gobierna las cosas de la tierra haciéndolas obrar para la salvación de sus redimidos. Usa tanto lo amargo como lo dulce, las tristezas como las alegrías, para producir en los pecadores una mejor disposición hacia Dios. Sé agradecido por algún acto de la Providencia que te ha hecho pobre, enfermo o triste, porque Jesús obra en la vida de tu espíritu por medio de estas cosas y te acerca a él. La misericordia del Señor a menudo viene cabalgando hacia nuestra puerta sobre el corcel negro de la aflicción. Jesús se vale de toda la gama de nuestra experiencia para destetarnos del mundo y atraernos al cielo. Cristo ha sido exaltado al trono celestial y terrenal para que, por medio de todos los procesos de su providencia, someta los corazones endurecidos hasta lograr el bendito ablandamiento del arrepentimiento.

Está obrando ahora mismo
Además, está obrando ahora mismo por medio de todos sus susurros a la conciencia, por medio de su Libro inspirado, por medio de nosotros que hablamos basados en el Libro y por las oraciones de los amigos y de los corazones sinceros. Él te puede enviar una palabra que hiera tu corazón de piedra, como la vara de Moisés, y haga brotar ríos de arrepentimiento. Él puede traer a tu mente algún texto de las Sagradas Escrituras que quebrante tu corazón y te conquiste instantáneamente. Puede ablandarte misteriosamente y, cuando menos lo pienses, causar que un sentimiento de santidad invada tu alma. Puedes estar seguro de esto, que aquel que ha ascendido a la gloria, que ha sido ensalzado hasta el esplendor y majestad de Dios, tiene abundantes maneras de obrar el arrepentimiento en aquellos a quienes otorga perdón. En este mismo momento está esperando darte arrepentimiento. Pídeselo ya mismo.

A los menos dignos
Fíjate en el hecho, para tu consuelo, de que el Señor Jesucristo da este arrepentimiento a los menos dignos del mundo. Fue exaltado para dar arrepentimiento a Israel. ¡A Israel! En los días que dijo el apóstol esto, Israel era la nación que más había pecado contra la luz y contra el amor, coronando su obra de infamia con la crucifixión del Señor, hasta el colmo de decir: “Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos.” ¡Estos israelitas eran los asesinos de Jesús; y no obstante, éste fue exaltado para darles el arrepentimiento! ¡Qué maravilla de gracia! Escucha pues; si tú has sido criado a la luz cristiana más resplandeciente pero la has rechazado, hay todavía esperanza para ti. Aun cuando hayas pecado contra tu conciencia, contra el Espíritu Santo, contra el amor de Jesús, todavía hay lugar para el arrepentimiento. Aunque estés tan endurecido como la Israel incrédula de antaño, todavía es posible tu ablandamiento, ya que Jesús ha sido exaltado y revestido de poder infinito. Jesús fue exaltado para dar arrepentimiento a los que han llegado al colmo de la perversidad, y han pecado con serios agravantes. ¡Dichoso quien, como yo, tiene un evangelio tan pleno para proclamar! ¡Dichoso tú que tienes el privilegio de escucharlo!

Los corazones de los hijos de Israel se habían endurecido como una roca irrompible. Lutero creía imposible la conversión de un judío. Aunque distamos mucho de coincidir con él, tenemos que admitir que la simiente de Israel ha sido tremendamente obstinada en rechazar al Señor durante todos estos siglos. Dijo el Señor la verdad: “Israel nada quería de mí.” Jesús “vino a lo suyo, y los suyos no le recibieron.” No obstante, para bien de Israel nuestro Señor Jesús fue exaltado a fin de dar arrepentimiento y perdón de pecados. Mi lector probablemente no sea judío, pero a pesar de ello, puede tener un corazón muy obstinado que por muchos años se ha resistido al Señor Jesús. Si éste es tu caso, aún así puede nuestro Señor obrar el arrepentimiento. Bien puede ser que todavía tengas que escribir, constreñido por el amor divino, palabras como las del autor de las interesantes obras: “Libro de cada día,” quien en el pasado había sido un incrédulo obstinado. Vencido por la gracia soberana escribió:

Al corazón más altanero
Has quebrantado, Dios, en mí;
El yo más terco y más fiero
Has bien domado para ti.
Tu voluntad cual mía quede:
Tu ley, la regla de mi ser;
Mi corazón, tu Santa sede,
Mi dicha, siempre obedecer.

El Señor puede dar arrepentimiento al menos digno, transformando en ovejas a los leones y en palomas a los cuervos. Confiemos en él para que se produzca en nosotros tan grande cambio.

La contemplación de la muerte de Cristo
Sin duda alguna reflexionar en la muerte de Cristo es uno de los modos más seguros y efectivos para alcanzar el arrepentimiento. No procures sacar el arrepentimiento de la fuente seca y corrupta de tu naturaleza. Suponer que puedes forzar que tu alma pase a ese estado de gracia es contrario a las leyes del razonamiento. Lleva tu corazón en oración al que lo comprende, diciendo: “Límpialo, Señor. Señor, renuévalo. Señor, obra tú el arrepentimiento en él.” Cuanto más procures producir sentimientos de arrepentimiento en ti mismo, más fracasarás, pero si con fe piensas que Jesús murió por ti, nacerá en ti el arrepentimiento. Medita, pues, en el Señor que de puro amor derramó la sangre de su corazón por ti. Reflexiona en la agonía y el sudor sangriento, en la cruz y la pasión, y al hacerlo así, aquel que cargó tanto dolor fijará su vista en ti y por medio de su mirada, hará contigo lo que hizo con Pedro, de manera que tú también saldrás para llorar amargamente. El que murió por ti puede hacer que mueras al pecado por medio de su Espíritu de gracia; y el que ha entrado en la gloria para tu bien puede atraer tu alma a él, apartándote del pecado.

Me conformo con dejarte este pensamiento: no busques fuego debajo del hielo, ni esperes encontrar arrepentimiento en tu corazón natural. Mira al que vive para hallar vida. Confía en Jesús para darte todo lo que necesites entre las puertas del infierno y las puertas del cielo. No busques en ninguna otra parte nada de lo que a Jesús le encanta conceder; en cambio, acuérdate de que CRISTO ES TODO.

Preguntas de estudio para la Parte 16: Cómo nos es dado el arrepentimiento
A éste, Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecado. - Acts 5:31

Jesús hace que el arrepentimiento sea posible, accesible y aceptable

1. ¿De qué manera(s) hace Jesús que nuestro arrepentimiento sea aceptable para Dios?

El Espíritu de Dios

2. ¿Por qué necesitamos que el Espíritu Santo obre el arrepentimiento en nosotros, en lugar de obrarlo nosotros solos?

Consagrando todas las obras de la naturaleza y de la providencia

3. a. ¿Qué papel cumplen las circunstancias negativas en su salvación? ¿Quién tiene control sobre todas las circunstancias?
b. ¿Cree usted esto?

4. ¿Por qué permite un Dios de amor las aflicciones en la vida de los inconversos que no lo conocen?

Está obrando ahora mismo

5. a. ¿De qué maneras está obrando ahora mismo Jesucristo para salvar a los que ama?
b. ¿De qué maneras está usted aprovechándolas?

A los menos dignos

6. a. ¿Qué grupos se mencionan como los “menos dignos” a quienes el Señor Jesucristo da arrepentimiento? Describa el ‘corazón’ de cada grupo.
b. ¿En cuáles de estos grupos está usted? ¿Por qué lo dice?

La contemplación de la muerte de Cristo

7. a. ¿Cuál será el resultado de reflexionar en que “Jesús murió por usted”?
b. Por favor dedique unos 30 minutos a solas y en un lugar silencioso, para reflexionar en todo el impacto de la muerte de Jesús en la cruz como su sustituto, pagando el castigo de sus pecados, a fin de que pudiera usted ser completamente perdonado y tener vida eterna con Dios. Lea Mateo 26:47 hasta 27:54.

Cuando haya dedicado este tiempo a la reflexión, indíquelo en su hoja de respuestas. ¿Qué le dijo Dios a su corazón durante este momento?


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Fuente: Gospel Translations
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martes, 24 de febrero de 2009

15. El arrepentimiento tiene que acompañar al perdón | Totalmente por Gracia (All of Grace) - Charles Spurgeon

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Resulta claro del texto que hemos citado anteriormente, que el arrepentimiento está íntimamente relacionado con el perdón. Leemos en Hechos 5:31 que Jesús fue exaltado para dar “arrepentimiento y perdón de pecados.” Estas dos bendiciones emanan de las manos sagradas que fueron clavadas al madero, de las manos de aquel que ahora está en gloria. Arrepentimiento y perdón están entrelazados por el propósito eterno de Dios. Lo que Dios ha juntado, no lo separe el hombre.

Tiene que haber arrepentimiento para que haya perdón
Tiene que haber arrepentimiento para que haya perdón, y verás que así es si reflexionas un poco sobre el asunto. No es posible que se conceda perdón a un pecador impenitente. Eso lo confirmaría en sus malos caminos y le enseñaría a no dar importancia al mal. Si el Señor dijera: “Tú amas el pecado, vives en él y vas de mal en peor, pero no importa, yo te perdono” equivaldría a proclamar un libertinaje horrible para hacer el mal. Socavaría los fundamentos de todo orden social, resultando en una anarquía moral. Es imposible imaginar los innumerables escándalos que resultarían si se pudieran separar el arrepentimiento y el perdón, y perdonar el pecado mientras el pecador lo sigue amando como siempre. Por la disposición natural de las cosas, si creemos en la santidad de Dios, es lógico que si continuamos en el pecado y no nos arrepentimos de él, no podemos ser perdonados, pero sí, que cosecharemos las consecuencias de nuestra obstinación. Por su bondad infinita, Dios nos promete que, si abandonamos nuestro pecado confesándolo, aceptando por fe la gracia que está en Cristo Jesús, Dios “es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad.” Pero mientras Dios viva, no puede haber promesa de misericordia para los que continúan en sus malos caminos negándose a reconocer sus transgresiones. Ningún rebelde puede esperar que su Rey perdone mientras se obstina en su rebeldía. Nadie puede ser tan insensato como para imaginarse que el Juez de toda la tierra borrará nuestros pecados si nosotros mismos nos negamos a arrepentirnos y confesarlos.

La perfección de la misericordia divina
Además, esto tiene que ser así por la perfección de la misericordia divina. Una misericordia que perdona el pecado dejando que el pecador siga viviendo en el pecado, sería realmente escasa y superficial. Sería una misericordia deforme, coja de pies y paralítica de manos. Según tu opinión, ¿cuál de estos privilegios es el mayor: que la culpa del pecado sea borrada o, ser librado del poder del pecado? No procuraré pesar en balanza dos misericordias tan grandiosas. Ninguna de las dos nos alcanzaría si no fuera por la sangre preciosa de Cristo. Pero si hiciéramos tal comparación, me parece que consideraría mayor a la salvación del poder del pecado, ser santificado y ser hecho semejante a Dios, la mayor de las dos. Ser perdonado es un favor incalculable. Haremos que ésta sea una de las primeras notas de nuestro canto de alabanza: “Él es quien perdona todas tus iniquidades.” Pero si pudiéramos ser perdonados, y luego tener permiso de amar el pecado, practicar descontroladamente la perversidad y revolcarnos en el fango de los vicios, ¿para qué nos serviría tal perdón? ¿No sería más bien un dulce venenoso que finalmente nos destruiría? Ser lavado y seguir en el cieno, ser declarado limpio y seguir con la lepra blanca en la frente, sería la burla más pesada de la misericordia. ¿Para que sirve sacar un cadáver del sepulcro, si seguirá sin vida? ¿Para qué llevarlo a la luz, si sigue ciego?

Nosotros damos gracias a Dios porque el que perdona nuestras iniquidades también sana nuestras dolencias. El que nos limpia de las manchas del pasado nos salva de los caminos inmundos del presente y nos guarda de caer en el porvenir. Es preciso que recibamos agradecidos tanto la palabra del arrepentimiento como la del perdón de los pecados. No pueden ser separadas. La heredad del pacto es una e indivisible, y no se reparte por partes. Dividir la obra de la gracia sería como partir a un niño vivo por la mitad, y los que lo permitieran, demostrarían no tener ningún interés en él.

Te pregunto a ti que buscas al Señor ¿estarías satisfecho con sólo una de estas gracias? ¿Estarías conforme, querido lector, con que Dios te perdonara tus pecados, para dejarte luego seguir siendo mundano y malvado como antes? Ciertamente que no. El espíritu vivificado teme más al pecado mismo que a los castigos que resultan de él. El clamor de tu corazón no es: “¿Quién me librará del castigo?”, sino “¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¿Quién me hará capaz de vencer la tentación y ser santo como Dios es santo?” Ya que la unión del arrepentimiento con el perdón concuerda con el deseo de la gracia, y ya que es necesaria para que la salvación sea completa y para la santidad, puedes estar seguro de que permanecerá por los méritos de esa unión.

La experiencia de todos los creyentes
El arrepentimiento y el perdón del pecado son inseparables en la experiencia de todos los creyentes. Jamás hubo persona que de verdad se arrepintiera de sus pecados, confesándolos a Dios en nombre de Jesús, que Dios no perdonara. Por otra parte, jamás hubo persona que Dios perdonara sin que se hubiera arrepentido de sus pecados. No vacilo en afirmar que bajo el cielo jamás hubo, ni hay, ni habrá caso de pecado limpiado, a no ser que al mismo tiempo el corazón fuera llevado al arrepentimiento y a la fe en Cristo Jesús. El aborrecimiento al pecado y el sentimiento de perdón entran juntos en el alma y siguen juntos toda la vida.

Obran recíprocamente
Estas dos cosas obran recíprocamente. El hombre que es perdonado, por lo tanto se arrepiente, y el hombre que se arrepiente puede estar absolutamente seguro de que es perdonado. Recuerda, ante todo, que el perdón lleva al arrepentimiento. Como dice el poeta:

La ley y los terrores sólo endurecen, y todo el tiempo obran solos; pero tener conciencia del perdón adquirido por la sangre ablanda al corazón de piedra.
Cuando estamos seguros de haber sido perdonados, aborrecemos la iniquidad. Y creo que cuando la fe aumenta hasta ser una seguridad plena, de modo que estamos segurísimos, sin sombra de duda, de que la sangre de Jesús nos ha emblanquecido más blancos que la nieve, entonces el arrepentimiento ha llegado a su máxima expresión. La capacidad de arrepentirse aumenta al mismo paso que aumenta la fe. No te equivoques: ¡el arrepentimiento no es cosa de días o semanas, como una penitencia temporaria que se desea acabar lo antes posible! No, se trata de una gracia para la vida entera como la fe misma. Los niños en las manos de Dios se arrepienten, y así también lo hacen los jóvenes y los ancianos. El arrepentimiento es el compañero inseparable de la fe. Mientras andamos por fe, las lágrimas de arrepentimiento brillan en los ojos de la fe. No es verdadero el arrepentimiento que no procede de la fe en Jesús, y no es verdadera la fe en Jesús que no está saturada de arrepentimiento. La fe y el arrepentimiento, como los gemelos siameses, viven unidos. En la proporción que creemos en el amor perdonador de Jesús, en esa misma proporción nos arrepentimos. Y a medida que nos arrepentimos del pecado y aborrecemos al mal, nos regocijamos en la plenitud del perdón que Jesús ha sido exaltado para conceder. Nunca valorarás el perdón si no te sientes arrepentido. Nunca gustarás del arrepentimiento más profundo hasta saberte perdonado. Puede parecer extraño, pero es cierto que la amargura del arrepentimiento y la dulzura del perdón se mezclan en la fragancia suave del que tiene vida por su gracia, resultando en una dicha sin par.

Seguridad mutua
Estos dos dones del pacto constituyen la seguridad mutua, una de la otra. Si sé que me arrepiento, sé también que Dios me ha perdonado. ¿Cómo sabré que me ha perdonado sino sabiendo también que ya no ando por mis malos caminos? Ser creyente, es ser un arrepentido. La fe y el arrepentimiento son dos rayos de la misma rueda, dos mangos del mismo arado. Se ha dicho con razón que el arrepentimiento es el corazón quebrantado por el pecado y separado del pecado. Igualmente puede decirse con razón que es un volver y volverse. Es un cambio de mentalidad del tipo más radical y profundo, acompañado de dolor por el pasado, y la determinación de enderezar el futuro:

Arrepentimiento es dejar el mal que antes amábamos;
Amar el bien que antes odiábamos,
Y demostrar nuestro dolor sincero,
Por medio de no volver a hacerlo.
Cuando éste es el caso, podemos estar seguros del perdón, porque el Señor nunca quebranta el corazón a causa del pecado, separándolo del pecado, sin perdonarlo. Por otra parte, si disfrutamos del perdón por medio de la sangre de Jesús, siendo justificados por la fe y teniendo paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, sabemos que nuestro arrepentimiento y nuestra fe son del tipo debido.

No consideres tu arrepentimiento como un mérito que te proporciona el perdón, ni esperes tener capacidad para arrepentirte mientras que no veas la gracia de nuestro Señor Jesús y su disposición de borrar tus pecados. Guarda cada una de estas cosas en el lugar que les corresponde, y considéralas en la relación que tienen la una con la otra. Son el Jaquín y Boaz en la experiencia de la salvación: quiero decir que son comparables a las dos grandes columnas del templo de Salomón, colocadas al frente de la casa del Señor que formaban una entrada majestuosa al lugar santo. Nadie viene del modo debido a Dios, a no ser que pase entre las columnas del arrepentimiento y del perdón. El arco iris de la gracia del pacto se desplegará en toda su hermosura sobre tu corazón, cuando sobre las lágrimas del arrepentimiento haya brillado la luz del perdón total. El arrepentimiento del pecado y la fe en el perdón divino son el hilo y la trama del tejido de la verdadera conversión. Por estas señales conocerás a un “israelita” de verdad.

Emanan de la misma fuente
Volvamos al texto que estamos meditando. Tanto el arrepentimiento como el perdón emanan de la misma fuente, y son dones del mismo Salvador. El Señor Jesús desde su gloria concede las dos cosas a las mismas personas. No encontrarás la fuente del arrepentimiento, ni del perdón, en otro lugar. Jesús tiene listos a los dos, y está preparado para dispensarlos gratuitamente ahora mismo a toda persona dispuesta a recibirlos de su mano. No olvides nunca que Jesús da todo lo necesario para nuestra salvación. Es muy importante que todos los que buscan misericordia lo comprendan. La fe es tanto un don de Dios como lo es el Salvador en quien la fe se apoya. El arrepentimiento del pecado es obra de la gracia tan cierta como la expiación por la cual se borra el pecado. La salvación, de principio a fin, es obra exclusiva de la gracia. No me comprendas mal.

No es el Espíritu Santo que se arrepiente. Nunca ha hecho nada de lo que tendría que arrepentirse. Si pudiera arrepentirse, para nada nos valdría. Es preciso que cada uno nos arrepintamos de nuestro propio pecado, y si no lo hacemos, no somos salvos del poder del pecado. No es el Señor Jesucristo el que se arrepiente. ¿De qué tendría que arrepentirse?

Nosotros somos los que nos arrepentimos con el pleno consentimiento de todas las facultades de nuestro razonamiento. La voluntad, los afectos, las emociones, todos obran juntos poderosamente en el acto bendito del arrepentimiento del pecado, y no obstante, detrás de todo lo que es un acto personal nuestro, hay una influencia divina obrando en secreto que ablanda el corazón, causa remordimiento y produce un cambio completo. El Espíritu de Dios nos ilumina para que veamos lo que es el pecado, haciéndolo así repugnante a la vista. Además, el Espíritu de Dios nos acerca a la santidad, haciéndonos apreciarla de corazón, amarla y desearla, y, de este modo, nos da un ímpetu por el cual somos impulsados hacia adelante de una etapa a otra de la santidad. El Espíritu de Dios obra en nosotros tanto el querer como el hacer lo que a Dios le agrada. Sometámonos a este buen Espíritu ahora mismo para que nos guíe a Jesús, quien abundantemente nos dará la doble bendición del arrepentimiento y del perdón según las riquezas de su gracia. POR GRACIA SOIS SALVOS!

Preguntas de estudio para la Parte 15: El arrepentimiento tiene que acompañar al perdón
Por favor lea primero el texto anterior.

A éste, Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecado. - Hechos 5:31

Tiene que haber arrepentimiento para que haya perdón

1. a. ¿Por qué es imposible que “se conceda perdón a un pecador impenitente”?
b. ¿Está de acuerdo con esta afirmación?

La perfección de la misericordia divina

2. ¿Por qué sería una “misericordia superficial” perdonar el pecado y a la vez dejar que el pecador siga viviendo en el pecado?

3. a. ¿Conoce algunos que creen que han sido salvos del castigo del pecado, pero siguen viviendo una vida pecadora y egoísta? (es decir, bajo el poder del pecado)?
b. ¿Por qué cree Spurgeon que esto es imposible?

La experiencia de todos los creyentes

4. Spurgeon dice que:

1) todos los que realmente se han arrepentido son perdonados y que
2) todos los que son pedonados, realmente se han arrepentido.
¿es posible que alguien tenga lo uno sin lo otro? Explique su respuesta.
Obran recíprocamente

5. ¿Por qué es que cuando sentimos la medida total de nuestro perdón (y el precio pagado con la sangre de Cristo para pagarlo), aborrecemos la iniquidad?

Seguridad mutua

6. ¿Cómo podemos saber a ciencia cierta que hemos sido perdonados? ¿Qué evidencia habrá en nuestra vida de que somos “una nueva creación”?

Emanan de la misma fuente

7. ¿Qué le da a usted el Señor Jesús cuando le da salvación? ¿Qué le falta hacer a usted?


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Fuente: Gospel Translations
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lunes, 23 de febrero de 2009

14. Mi Redentor vive | Totalmente por Gracia (All of Grace) - Charles Spurgeon

Vive eternamente
Nos hemos referido continuamente al Cristo crucificado, el cual es la gran esperanza del culpable, pero es indispensable que nos acordemos que nuestro Señor resucitó de entre los muertos y vive eternamente.

Dios no te pide que creas en un Cristo muerto, sino en un Redentor que murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación. Por esto, puedes acudir a Jesús ya, como a un amigo vivo y presente. No se trata de un mero recuerdo, sino de una persona continuamente existente quien desea oír tus oraciones y contestarlas. Él vive con el propósito de continuar la obra por la cual sacrificó su vida. Está intercediendo por los pecadores a la diestra del Padre, y por eso es poderoso “para salvar eternamente a los que por él se allegan a Dios.” Acude a él y entrégate a este Salvador vivo, si no lo has hecho ya.

Gloria y poder
Este Jesús vivo fue levantado a una posición eminente de gloria y poder. Hoy no sufre como “el humillado ante sus enemigos”, ni trabaja como “el hijo del carpintero”, sino que ha sido exaltado muy por encima de todo principado y potencia y todo nombre. El Padre le ha dado todo poder en el cielo y en la tierra, y está llevando a cabo esta misión gloriosa y su obra de gracia. Escucha bien lo que Pedro y los otros apóstoles testifican acerca de él ante el sumo sacerdote y todo el concilio:

El Dios de nuestros padres levantó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándole en un madero. A éste Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados. –Hechos 5:30, 31.
La gloria que rodea al Señor ascendido debiera dar esperanza a todo corazón creyente. Jesús no es una persona cualquiera, es un Salvador grande y glorioso. Es el Redentor exaltado como Príncipe y coronado como tal. Ha sido investido de la prerrogativa soberana sobre la vida y la muerte. El Padre ha puesto a todos los hombres bajo la soberanía mediadora del Hijo para dar vida a quien quiere. Él abre y nadie cierra. El alma presa por las cuerdas del pecado y de la condenación puede quedar libre inmediatamente por el poder de su palabra. Él extiende el cetro de plata, y cualquiera que lo toca, vive.

Es bueno para nosotros que así como vive el pecado, y vive la carne y vive el diablo, vive también Jesús; y es bueno también que cualquiera que sea el poder de ellos para arruinarnos, infinitamente mayor es el poder de Jesús para salvarnos.

A favor nuestro
Toda su exaltación y habilidad está abogando a favor nuestro. “Ha sido exaltado para ser” y “exaltado para dar”. Ha sido exaltado para ser Príncipe y Salvador a fin de dar todo lo necesario para llevar a cabo la salvación de todos cuantos llegan a estar bajo su soberanía. Nada tiene Jesús que no ha de usar para la salvación de los pecadores y nada es que no revele en la abundancia de su gracia. Combina su función de Príncipe con su función de Salvador, como si no quisiera ejercer la una sin la otra; y manifiesta su exaltación con el propósito de brindar bendiciones a la humanidad, como si esto fuera la flor y corona de su gloria. ¿Puede haber algo mejor pensado para infundir esperanza en los pecadores que empiezan a dirigir su mirada hacia Cristo Jesús?

Jesús sufrió humillación, y por ello pudo ser exaltado. Por esa humillación cumplió y soportó toda la voluntad del Padre, y por ella recibió la recompensa de ser ascendido a la gloria. Usa esta exaltación para bien de su pueblo. Levante mi lector su mirada hacia esos collados de gloria, de donde tiene que recibir su ayuda. Contemple las glorias celestiales del Príncipe y Salvador. ¿No es acaso una gran esperanza para los hombres el que un hombre ocupe el trono del universo? ¿No es glorioso que el Señor de todo sea el Salvador de los pecadores? Tenemos un amigo en el tribunal, sí, un amigo sobre el trono. Usará él toda su influencia a favor de los que entreguen sus asuntos en sus manos. Bien dice uno de nuestros himnos:

Para siempre vive exaltado
Ante el trono Príncipe y Salvador,
Cristo, quien es hoy mi Abogado,
¿Cómo puede para mi haber temor?
Ven amigo, y entrega tu causa en esas manos que una vez fueron traspasadas, pero que hoy están glorificadas con los sellos del poder real y soberano. Jamás se perdió una causa confiada a tan poderoso Abogado.

Preguntas de estudio para la Parte 14: Mi redentor vive
Mi Redentor vive. - Job 19:25
Vive eternamente

1. ¿Por qué es importante que Jesús haya resucitado de los muertos y esté vivo, en lugar de haber sólo muerto por nuestros pecados?

Gloria y poder

2. a. Describa la gloria y el poder que ahora pertenecen a Jesús.
b. ¿Cuál es la consecuencia para los que llama a ser salvos?

A favor nuestro

3. ¿Cuál es su propia reacción al hecho de que Jesús usa toda su exaltación y habilidad a favor de usted personalmente, cuando lo llama a ser salvo?


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Fuente: Gospel Translations
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sábado, 21 de febrero de 2009

13. La regeneración y el Espíritu Santo | Totalmente por Gracia (All of Grace) - Charles Spurgeon

No por el poder humano
“Os es necesario nacer de nuevo.” Estas palabras de nuestro Señor aparecen amenazadoras en el camino de muchos, como la espada del querubín a la puerta del Paraíso. Se han dado por vencidos, porque este cambio está más allá de lo que pueden lograr con sus esfuerzos. El nuevo nacimiento es de arriba y por lo tanto no se puede lograr por medio del poder humano. Lejos está de mí negar o encubrir aquí una verdad a fin de brindar un consuelo falso. Admito francamente que el nuevo nacimiento es sobrenatural y que no es obra que el pecador pueda llevar a cabo por sus propios medios. De poco le serviría a mi lector que yo fuera tan tonto como para querer levantarle el ánimo, convenciéndolo de que rechace o que no le dé importancia a lo que es una verdad indiscutible.

Pero ¿no es digno de notar que este mismo capítulo en que el Señor declara que el nuevo nacimiento es de arriba y obra divina, contiene también la afirmación más potente en cuanto a que la salvación es por fe? Lee todo el capítulo 3 de Juan, y no reflexiones únicamente en sus primeros versículos. Es cierto que el versículo 3 dice:

Respondió Jesús, y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.
Pero luego los versículos 14 y 15 dicen lo siguiente:

Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.
El versículo 18 repite la misma doctrina en términos más amplios:
El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.
Es lógico que estas dos afirmaciones coincidan, ya que salieron de los mismos labios y se encuentran en una misma página inspirada. ¿Por qué nos creamos nosotros problemas donde no es posible que los haya? Si una afirmación nos asegura que para la salvación se requiere una cosa que sólo Dios puede darnos, y si otra afirmación nos asegura que el Señor nos salvará por medio de nuestra fe en Jesús, podemos llegar a la conclusión segura de que el Señor concederá a todos los que creen todo lo que declara necesario para la salvación. De hecho, el Señor produce el nuevo nacimiento en todos los que creen en Jesús y su fe es la manifestación más palpable de que han nacido de nuevo.

Confiamos en que Jesús hará lo que no somos capaces de hacer nosotros. Si nosotros pudiéramos hacerlo ¿por qué acudir a él? A nosotros nos toca creer, al Señor le toca crear la vida nueva en nosotros. Él no cree en lugar nuestro, tampoco haremos nosotros la obra de regeneración en lugar de él. Basta que nosotros creamos, obedeciendo su mandamiento de gracia; al Señor corresponde obrar el nuevo nacimiento en nosotros. El que pudo ir al extremo de morir en la cruz por nosotros, puede y quiere concedernos todas las cosas necesarias para nuestra seguridad eterna.

Obra del Espíritu Santo
“Pero un cambio de corazón que salva es obra del Espíritu Santo.” Esto es también una verdad ciertísima, y lejos esté de nosotros dudarlo y olvidarlo. Pero la obra del Espíritu Santo es secreta y misteriosa, y sólo se puede percibir por los resultados. Hay misterios en nuestro nacimiento natural que sería curiosidad profana intentar penetrar, más aún lo sería en el caso de las operaciones sagradas del Espíritu de Dios. “El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va: así es todo aquel que es nacido del Espíritu.” Pero esto sabemos: la obra misteriosa del Espíritu Santo no puede ser razón para que nos neguemos a creer en Jesús, de quien este mismo Espíritu da testimonio.

Si se diera a una persona el encargo de sembrar un campo, no podría excusarse de no hacerlo diciendo que no valdría la pena sembrar, a menos que Dios hiciera brotar la semilla. No quedaría justificada su negligencia en labrar la tierra porque sólo la energía secreta de Dios puede producir una cosecha. Nadie deja de hacer las tareas cotidianas por la razón de que “si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los edificadores.” Es cosa segura que el que cree en Jesús, jamás hallará que el Espíritu Santo se niegue a obrar en él. El hecho es que su fe es prueba de que el Espíritu ya está obrando en su corazón.

Dios obra en su providencia, pero no por eso ha de quedar inmóvil la humanidad. Los hombres no podrían moverse si el poder divino no les diera vida y fuerza, y no obstante siguen adelante con sus tareas sin cavilar, recibiendo día tras día la fuerza de aquel en cuyas manos está su aliento y de quien es todo su andar. Nos arrepentimos y creemos aunque no podríamos hacer lo uno ni lo otro si el Señor no nos capacitara para ello. Volvemos la espalda al pecado confiando en Jesús, y luego percibimos que el Señor ha obrado en nosotros tanto en el querer como en el hacer, según su voluntad. Es inútil pretender que haya alguna dificultad en esta cuestión.

Algunas verdades que son difíciles de explicar con palabras, son muy sencillas en la experiencia. No hay contradicción entre la verdad de que el pecador cree y de que su fe es obra del Espíritu Santo. Sólo la necedad puede llevar al hombre a cuestionar cosas sencillas, cuando su alma se encuentra en peligro. Nadie rehusaría entrar en un bote salvavidas por no saber la fuerza de gravedad de los cuerpos, ni el medio muerto de hambre rehusaría comer por no conocer todo el proceso de la nutrición. Si tú, querido lector, no quieres creer hasta comprender todos los misterios, nunca serás salvo, y si permites que las dificultades que inventa tu imaginación te impidan aceptar el perdón por medio de la fe en tu Señor y Salvador, perecerás una condenación bien merecida. No cometas suicidio espiritual por tener una pasión por discutir sutilezas metafísicas.

Preguntas de estudio para la Parte 13: La regeneración y el Espíritu Santo
No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. - Juan 3:7
No por el poder humano
1. Por favor vuelva a leer Juan 3:3, y Juan 3:14, 15, 18.

a. ¿Cuál es el punto clave de 3:3?
b. ¿Cuál es el punto clave de 3:14, 15, 18?
c. ¿Qué ‘contradicción’ aparente hay entre estos versículos?
d. ¿Cuál es la conclusión a la que llega Spurgeon?
e. ¿Comprende esto? Si no, ¿por qué no?
Obra del Espíritu Santo

2. Si un cambio de corazón que salva es la obra del Espíritu Santo, ¿es correcto negarse a creer y esperar que Dios obre? ¿Por qué?

Nota: Si no comprende todas las preguntas relacionadas con este capítulo, ¡no se preocupe! Spurgeon dice no esperar a “creer hasta comprender todos los misterios”, sino ¡actuar creyendo que Dios ya le ha dado fe!


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Fuente: Gospel Translations
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viernes, 20 de febrero de 2009

12. La fe en aumento | Totalmente por Gracia (All of Grace) - Charles Spurgeon

Cómo aumentar la fe
¿Cómo podemos obtener y aumentar la fe? Ésta es una pregunta que muchos hacen con mucha sinceridad. Dicen que desean creer, pero que no pueden. Se dicen muchas necedades sobre esto. Seamos totalmente prácticos al encarar el tema. Necesitamos tanto sentido común aquí como en otros asuntos relacionados con la vida. ¿Qué debo hacer para creer? Alguien preguntó cual era la mejor manera de hacer cierta cosa, y le contestaron que la mejor manera de hacerla era hacerla ya mismo. Perdemos el tiempo discutiendo métodos cuando, en realidad, la acción es sencilla. La manera más rápida de creer, es simplemente creer. Si el Espíritu Santo te ha hecho sincero, creerás tan pronto como te presente la verdad. Y le creerás, porque es la verdad. El mandamiento evangélico dice: “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo.” Es inútil evadir esto preguntando y cavilando. El mandato es claro, y debemos obedecerlo.

Oración
Pero si en realidad te molesta alguna duda, llévala en oración a Dios. Di al gran Padre exactamente lo que te perturba y pídele que te resuelva el problema por medio del Espíritu Santo. Si no puedo creer las afirmaciones de un libro, preguntarle al autor como él entiende lo que escribió, siempre que sea hombre que merece ser creído, su explicación me dejará satisfecho. Mucho más satisfará al corazón del verdadero buscador de la verdad la explicación divina de los puntos difíciles de las Escrituras. El Señor desea hacerse conocer a los que lo buscan. Acude a él para conocer la verdad. Acude sin demora a la oración y ruega: “Oh Espíritu Santo, guíame a la verdad. Lo que no comprendo, enséñamelo tú.”

Oír con mucha frecuencia

Por otra parte, si tener fe te parece difícil, Dios el Espíritu Santo puede capacitarte para creer, si es que oyes con mucha frecuencia lo que se te manda creer. Creemos muchas cosas por el hecho de haberlas oído tantas veces: ¿No has notado en tu vida cotidiana que si oyes una cosa cincuenta veces al día, por fin acabas por creerla? Por este proceso muchos han llegado a creer cosas inverosímiles, y por lo tanto no me extraño de que el buen Espíritu bendice el método de oír la verdad con frecuencia, usándolo para producir la fe respecto a lo que tenemos que creer. Está escrito: “La fe viene por el oír.” Por esto, dedícate a oír con frecuencia. Si sincera y atentamente continúo oyendo el evangelio, por medio de la bendita operación del Espíritu de Dios en mi mente, uno de estos días creeré lo que oigo. Pero ten cuidado de oír el evangelio y no de escuchar o leer lo que tiene la intención de sembrar dudas en tu mente.

El testimonio de otros
Pero si esto no te parece un buen consejo, agregaría: Toma en cuenta el testimonio de otros. Los samaritanos creyeron a causa del testimonio de lo que la mujer les había dicho acerca de Jesús. Muchas de nuestras creencias nacen del testimonio de otros. Yo creo que existe un país llamado Japón. Nunca lo he visto, y, sin embargo, creo que tal país existe, porque otros lo han visto. Creo que moriré. Nunca he muerto, pero muchísimos de mis conocidos han muerto, y por lo tanto, estoy convencido de que yo moriré también. El testimonio de los muchos me convence de un hecho dado. Escucha, por lo tanto, a los que cuentan cómo fueron salvos, cómo recibieron el perdón, cómo se transformó su carácter. Si prestas atención, notarás que alguien precisamente como tú ha sido salvo. Si has sido ladrón, descubrirás que algún otro ladrón lavó sus culpas en la preciosa sangre de Cristo. Si por desgracia has sido impuro, descubrirás que hombres y mujeres caídos como tú han sido levantados, purificados y transformados. Si estás desesperado, no tienes más que frecuentar al pueblo de Dios para pronto descubrir que algunos de los santos, han estado tan desesperados como tú y que les encanta contarte cómo el Señor los libró. Conforme vas escuchando uno tras otro que ha puesto a prueba la Palabra de Dios, hallándola fiel, el Espíritu divino te guiará a creer.

¿Has oído contar del africano, al cual dijo el misionero que en su país el agua a veces se endurecía tanto que se podía caminar encima de ella? Muchas cosas podía creer el africano, pero eso, nunca. Cierta vez tuvo oportunidad de viajar a Inglaterra y vio un río congelado, pero no se atrevía a aventurarse sobre el hielo. Sabía que el río era profundo, y temía ahogarse si intentaba caminar sobre el hielo. Nadie pudo convencerlo que probara, hasta que vio a su amigo y otros muchos atravesar el río caminando sobre el hielo. Entonces se convenció y caminó confiado por donde otros habían caminado. Del mismo modo puede ser que tú, viendo a otros creer en el Cordero de Dios y notando cómo disfrutan de paz y gozo, te sientas agradablemente impulsado a creer. La experiencia de otros es una de las maneras como Dios nos ayuda a tener fe. Pero sea como fuere, tienes que creer en Cristo o morir: no hay esperanza aparte de Cristo.

Fijarse en la autoridad
Pero un plan mejor es éste: Fíjate en la autoridad a la cual el Señor te manda creer, y esto te ayudará mucho. La autoridad no es mía: si lo fuera, bien podrías rechazarla. Ni es la del papa, de la que bien podrías desconfiar. Es en la autoridad de Dios mismo que él te ordena creer. Él te manda creer en Jesucristo, y no debes negarte a obedecer a tu Hacedor. El capataz de ciertas obras había oído el evangelio muchas veces, pero se inquietaba dudando que alguna vez acudiría a Cristo. Un día su jefe le envió una tarjeta diciendo: “Venga Ud. a mi casa hoy en cuanto termine de trabajar.”

Así lo hizo el capataz, apareciéndose a la puerta de su jefe. Al llamar salió éste y le dijo bruscamente:

--Juan, ¿qué quiere usted, que me viene a molestar a esta horas? Ya no es hora de trabajo. ¿Con qué derecho se presenta aquí? --Señor, -- contestó el capataz -- recibí una tarjeta suya diciéndome que viniera después del trabajo.
--¿Quiere usted decir que por la sola razón de recibir una tarjeta mía invitándole a mi casa, puede venir y hacerme salir a atenderle después del trabajo?
--Realmente, Señor, -- respondió el capataz -- no comprendo, pero me parece que ya que usted me mandó venir, yo tenía derecho a venir.
--Pues entre, Juan -- dijo el jefe --, aquí tengo otro mensaje de invitación para usted. Y sentándose, le leyó estas palabras: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar.” Y agregó:
--¿Piensa que, después de recibir este mensaje de Cristo mismo, se equivocara si acude a él?
Entonces comprendió el pobre capataz todo, y creyó en el Señor Jesús para vida eterna, porque vio que contaba con una buena garantía y autoridad para creer. Así tú, pobre alma, tienes la mejor autoridad para creer y por fe acudir a Cristo, porque el Señor mismo te ordena a confiar en él.

Recapacitar
Si esto no produce fe en ti, recapacita en lo que debes creer, a saber, que el Señor Jesucristo sufrió en lugar de los pecadores y es poderoso para salvar a todos los que creen en él. Ésta es ciertamente la realidad más bendita que a la humanidad se le haya dicho debe creer, la realidad más oportuna, más consoladora, más divina que jamás ha llegado al oído del hombre. Te aconsejo que reflexiones mucho en ella, y que busques la gracia y el amor que contiene. Estudia los cuatro Evangelios. Estudia las epístolas de Pablo, y comprueba luego si el mensaje no es tan digno de creer que te ves impulsado a creerlo.

Si esto no basta, medita en la persona de Cristo: piensa en quién es, qué hizo, dónde está y qué es. ¿Cómo puedes dudar de él? Es cruel desconfiar en Jesús quien es siempre fidedigno. Nunca ha hecho nada que merezca desconfianza; al contrario, debiera ser fácil confiar en él. ¿Por qué volver a crucificarle con la incredulidad? ¿No es eso coronarlo de espinas y escupir en su rostro? ¿Qué? ¿No es digno de confianza? ¿Qué insulto peor que éste podrían haberle hecho los soldados? Ellos lo hicieron mártir; pero tú lo haces mentiroso, lo que es peor. No preguntes: “¿Cómo podré creer?” En cambio, responde a otra pregunta: ¿Cómo podré no creer?

Someterse a Dios
Si ninguna de estas cosas te sirven, hay algo en ti fundamentalmente malo. “Mi última palabra es: ¡Sométete a Dios! La razón de tu incredulidad es el prejuicio o el orgullo. Quiera el Espíritu de Dios librarte de la enemistad en ti y te haga rendirte a él. Eres un rebelde, un rebelde orgulloso, y es por eso que no crees a tu Dios. Renuncia a tu rebelión; entrega las armas; ríndete, sométete a tu Rey. Creo que nunca un alma, que se ha dado por vencida en su desesperación y ha clamado: ‘Señor, me entrego a ti’, le resultara luego difícil tener fe. La causa de tu incredulidad es que estás enemistado con Dios, y estás empeñado en hacer tu propia voluntad y andar por tu propio camino. “¿Cómo podéis vosotros creer que tomáis la gloria los unos de los otros?”, dijo Cristo. El ‘yo’ orgulloso es el padre de la incredulidad. Sométete, oh alma. Entrégate a tu Dios, y entonces te será fácil creer en tu Salvador. ¡Quiera el Espíritu Santo obrar ahora secreta pero eficazmente en ti, y llevarte a creer en el Señor Jesús en este mismo momento! Amén.”

Preguntas de estudio para la Parte 12: La fe en aumento
1. “La manera más rápida de creer es simplemente creer.” Explique este concepto.

Oración

2. ¿Cómo puede ayudar la oración al que está buscando a Dios sinceramente?

Oír con mucha frecuencia

3. Para aumentar su fe, ¿qué debe oír con frecuencia?

El testimonio de otros

4. ¿Tiene a su alrededor cristianos que están testificando de lo que Dios ha hecho en su vida? ¿Los está usted escuchando?

Nota: Es importante que usted crea según la Biblia. En esta época, hay muchos que distorsionan la verdad de Dios, y añaden o quitan a lo que la Biblia misma dice. Por lo tanto, por favor siempre compruebe si lo que le dicen coincide con lo que ella dice. Pídales a los que están con usted que le muestren en la Biblia dónde dice lo que ellos dicen. Luego pídale a Dios que lo guíe a toda verdad. Busque maestros que creen que la Biblia es la Palabra infalible de Dios (es decir: sin errores).
Fijarse en la autoridad

5. ¿Cuál es el punto principal del relato del capataz y su jefe? ¿Cómo se aplica espiritualmente?

Recapacitar

6. ¿Qué es lo que tiene que creer para ser salvo?

Someterse a Dios

7. a. ¿Cuál es la raíz de la incredulidad? ¿Por qué?
b. ¿Qué le recomienda hacer Spurgeon?
c. ¿Lo ha hecho? Si no, ¿por qué no?


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Fuente: Gospel Translations
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jueves, 19 de febrero de 2009

11. ¡Ay de mí! Nada puedo hacer | Totalmente por Gracia (All of Grace) - Charles Spurgeon

Sentimiento de incapacidad
Después de haber aceptado la doctrina de la expiación y comprendido la gran verdad de que la salvación es por medio de la fe en el Señor Jesús, el corazón con frecuencia se inquieta por un sentimiento de incapacidad respecto a hacer el bien. Muchos suspiran diciendo: “¡Ay de mí!: nada puedo hacer.” Y no lo dicen como excusa, sino que lo sienten diariamente como carga pesada. Harían el bien si pudieran. Cada uno de ellos podría decir honestamente: “Tengo voluntad de hacerlo, pero no sé como.”

Esta experiencia más bien anula y deja sin efecto todo el evangelio, pues ¿para qué sirve el alimento al hambriento si está fuera de su alcance? ¿Para qué sirve el río de agua viva, si el sediento no puede beber? Nos acordamos aquí de la anécdota del médico y del hijo de la madre pobre. El doctor le dijo a la madre que su pequeño pronto mejoraría bajo un tratamiento adecuado. Pero era absolutamente necesario que tomara regularmente el mejor vino y que pasara una temporada en los baños termales de Alemania. ¡Receta para el hijo de una pobre madre que apenas tenía pan para llevar a la boca! De la misma manera, a veces no le parece al corazón atribulado que el sencillo evangelio: “Cree, y vivirás” sea tan sencillo porque pide al pobre pecador que haga lo que no puede hacer. Para el que verdaderamente ha despertado, pero es poco instruido, le parece que falta un eslabón. A lo lejos está la salvación por medio de Cristo, pero ¿cómo obtenerla? El alma se siente sin fuerzas, y no sabe qué hacer. Está cerca, a la vista de la ciudad de refugio, pero no puede entrar por sus puertas.

¿Ha tenido Dios en cuenta esta falta de fuerzas en el plan de la salvación? Ciertamente que sí. La obra del Señor es perfecta. Empieza donde estamos, y nada nos pide para perfeccionarla. Cuando el buen samaritano vio al viajero herido tendido medio muerto en el camino, no le pidió que se levantara, acercara, montara su asno y se dirigiera a la posada. No, no. Se le acercó, vendó sus heridas y lo puso sobre su cabalgadura y le llevó al mesón. Así nos trata Jesús en el miserable estado en que nos encontramos.

Hemos visto que Dios es el que justifica, que justifica al impío y que lo justifica por medio de la fe en la preciosa sangre de Jesús. Ahora veamos la condición en la cual se halla este impío cuando Jesús obra su salvación. Muchas personas que han despertado no sólo se afligen por su pecado, sino también por su debilidad moral. Carecen de fuerzas para escapar del lodo en que han caído y de guardarse del mismo en el porvenir. No sólo se lamentan por lo que han hecho, sino por lo que no pueden hacer. Se sienten sin fuerzas, sin recursos, sin vida espiritual. Parece extraño decir que se sienten muertas, y no obstante es así. En su propia estimación son incapaces de hacer ningún bien. No pueden andar por el camino al cielo porque tienen los huesos rotos. Se sienten sin fuerzas. Felizmente está escrito como elogio del amor de Dios para con nosotros:

Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos ( Romanos 5:6).
Aquí vemos socorrida la insuficiencia consciente: socorrida por la intervención del Señor Jesús. Nuestra insuficiencia es extrema. No está escrito: “Cuando aun éramos comparativamente débiles, Cristo murió por nosotros” o “cuando sólo teníamos un poco de fuerza” sino que la afirmación es absoluta, sin limitación: “Cuando aun éramos débiles”. No teníamos nada de fuerza que pudiera ayudarnos en la obra de la salvación. Las palabras de nuestro Señor son totalmente ciertas: “Sin mí nada podéis hacer”. Podría ampliar el texto y recordarte del gran amor con que el Señor nos amó, “aun estando nosotros muertos en pecados”. Estar muerto es aún peor que estar sin fuerzas.

La realidad en que el pobre pecador sin fuerzas debe fijar su mente y retener firmemente como único fundamento de esperanza es la afirmación divina de que “Cristo... a su tiempo murió por los impíos”. Cree en esto y toda insuficiencia desaparecerá. La leyenda del rey Midas cuenta que transformaba todo en oro por su tacto. De la misma manera podemos afirmar con toda seguridad, respecto a la fe, que todo lo que toca se vuelve bueno. Nuestras faltas y debilidades se transforman en bendiciones, cuando la fe se ocupa de ellas.

“No tengo fuerza para concentrar mis pensamientos”
Fijémonos en ciertas formas de esta falta de fuerza. Para comenzar dirá alguien: “Me parece que no tengo fuerza para concentrar mis pensamientos en los temas serios relacionados con la salvación, aun una breve oración es casi demasiado para mí. Quizá se deba, en parte a mi debilidad física, en parte por haberme dañado por algún vicio, en parte también por las preocupaciones de esta vida, por lo que no puedo pensar los pensamientos elevados que se requieren para la salvación del alma.” Ésta es un forma de debilidad pecaminosa muy común. ¡Escúchame! En este sentido eres débil y hay muchos como tú. Muchos que son totalmente incapaces de dar forma a pensamientos consecutivos, por mucho que se esfuerzan. Muchas personas pobres de ambos sexos carecen de educación, por lo que les es muy difícil engolfarse en pensamientos profundos. Otras son por naturaleza tan superficiales que un proceso extenso de argumentaciones y razonamiento les sería tan imposible como volar por el aire. No llegarían a conocer ningún misterio profundo, aun cuando dedicaran toda su vida a tal empresa. Por tanto, tú no necesitas desesperar. Lo que se requiere para ser salvo no es un proceso de mucho pensar, sino confiar sencillamente en Jesús. Aférrate a esta realidad: “Cristo...a su tiempo murió por los impíos.” Esta verdad no requiere de tu parte un análisis profundo, ni un razonamiento lógico, ni argumento convincente. La verdad es ésta: “Cristo... a su tiempo murió por los impíos.” Fija tu mente en ella, y descansa en ella.

Deja que esta realidad grandiosa, gloriosa, de gracia, more en tu espíritu hasta que perfume todo tus pensamientos y te regocije el corazón. Aunque te sientas sin fuerzas, el Señor Jesús ha llegado a ser tu fuerza y tu canción, sí, ha llegado a ser tu salvación. Según las Escrituras, es un hecho divinamente revelado que, a su tiempo, Cristo murió por los impíos siendo ellos aun débiles. Tal vez hayas oído estas palabras centenares de veces, pero nunca has comprendido su significado. Tienen un sabor agradable ¿no es cierto? Jesús no murió por nuestra justicia sino por nuestros pecados. No vino a salvarnos, porque merecíamos ser salvos, sino porque éramos enteramente indignos, perdidos, inútiles. No vino al mundo por alguna buena razón que hubiera en nosotros, sino exclusivamente por las razones que hallaba en las profundidades de su amor divino. A su tiempo murió por los que él mismo describe no como piadosos sino como impíos, aplicándoles el atributo más nefasto que podía escoger. Aun cuando no te distingas por tu inteligencia, fija tu mente en esta verdad, al alcance del menos brillante, que puede alegrar al corazón más apesadumbrado. Deja que este texto entre en ti y sature todos tus pensamientos, y entonces poco importará que estos se dispersen como hojas llevadas por el viento de otoño. Personas que nunca se distinguieron en las ciencias, ni dieron prueba alguna de originalidad mental, han tenido toda la capacidad de aceptar la doctrina de la cruz y han sido salvas por ella. ¿Por qué no tú?

“No me puedo arrepentir lo suficiente”
Oigo a otro lamentarse: “Mi falta de fuerza consiste principalmente en no poder arrepentirme lo suficiente.” ¡Singular idea que algunos tienen de lo que es el arrepentimiento! Muchos se imaginan que deben derramar muchas lágrimas, exhalar muchos suspiros, sufrir mucha desesperación. ¿De dónde viene esta idea tan errónea? La incredulidad y la desesperación son pecados, y por lo tanto no veo como pueden constituir parte de un arrepentimiento aceptable. Sin embargo, hay personas que los consideran partes necesarias de la verdadera experiencia cristina. En esto se equivocan grandemente. No obstante, comprendo lo que quieren decir, porque en los días de mis propias tinieblas, solía sentir yo lo mismo. Deseaba arrepentirme pensando que no podía hacerlo, pero en todo ese tiempo me estaba ya arrepintiendo. Por extraño que parezca, me dolía no poder sentir. Solía irme a un rincón y llorar, porque no podía llorar, y sufría amargamente porque no podía sentir sufrimiento por mis pecados. ¡Cuánta confusión cuando en nuestro estado de incredulidad empezamos a juzgar nuestra propia condición espiritual! Somos como el ciego que se mira sus propios ojos. Se me deshacía el corazón de temor, porque creía que mi corazón era duro como una piedra. Mi corazón estaba quebrantado al pensar que no se quebrantaba. Ahora comprendo que entonces estaba yo dando muestras de poseer precisamente las cosas que creía no poseer; mas no sabía donde me hallaba.

¡Ojalá que pudiera ayudar a otros encontrar la luz que hoy disfruto! ¡Cuánto quisiera decir una palabra que abreviara el tiempo de confusión en que te encuentras! Quiero decir unas palabras francas, pidiendo al Consolador las aplique a tu corazón.

Acuérdate que el hombre verdaderamente arrepentido nunca está satisfecho con su propio arrepentimiento. Así como no podemos vivir una vida perfecta, no podemos tener un arrepentimiento perfecto. Por puras que sean nuestras lágrimas, siempre queda en ellas alguna suciedad, algo de qué arrepentirnos aún en nuestro mejor arrepentimiento. Pero escucha. Arrepentirse significa cambiar de idea acerca del pecado, acerca de Cristo y acerca de todas las grandes cosas de Dios. Esto implica el dolor, pero el punto principal es que el corazón le da la espalda al pecado y se acerca a Cristo. Si has dado este giro, esta vuelta, posees la esencia del arrepentimiento, aunque la ansiedad y la desesperación han echado sombras sobre tu mente.

Si no puedes arrepentirte como quisieras, hallarás auxilio si crees firmemente que “Cristo... a su tiempo murió por los impíos.” Piensa repetidas veces en esto. ¿Cómo podrás continuar con el corazón endurecido teniendo presente que, por su amor supremo, Cristo murió por el impío? Permíteme persuadirte que razones contigo mismo: “Impío como soy, aunque mi corazón de piedra no se ablande y en vano me pegue el pecho, Cristo murió por los que son como yo, ya que murió por los impíos. ¡Ay, que pueda yo creer esto y sentir su poder en mi corazón empedernido!”

Borra todo otro pensamiento de tu mente, siéntate y dedica horas para meditar profundamente en esta sola manifestación excelsa de amor sin par, inmerecida e inesperada: “Cristo... murió por los impíos”. Lee cuidadosamente la narración de la muerte del Señor en los cuatro Evangelios. Si hay algo capaz de ablandar tu corazón calloso, será la contemplación de los sufrimientos de Jesús, reflexionando en todo lo que padeció, todo esto para bien de sus enemigos.

Crucificado en un madero, Manso cordero, mueres por mí; Por eso el alma triste llorosa Suspira ansiosa, Señor, por ti. Miro tu angustia ya terminada, Hecha la ofrenda de la expiación, Tu noble frente mustia, inclinada, Y consumada mi redención. ¡Dulces momentos, ricos en dones De paz y gracia, de vida y luz! Sólo hay consuelos y bendiciones Cerca de Cristo, junto a la cruz.
Ciertamente la cruz es la vara milagrosa que hace brotar agua de la piedra. Si entiendes el significado total del sacrificio divino de Jesús, te arrepentirás forzosamente de haberte opuesto alguna vez a un Salvador tan lleno de amor. Escrito está: “Mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito, afligiéndose por él, como quien se aflige por el primogénito.” El arrepentimiento no te hará ver a Cristo, pero el mirar a Cristo te dará arrepentimiento. No debes hacerte un Cristo producto de tu arrepentimiento, sino que debes mirar a Cristo para que te dé arrepentimiento. El Espíritu Santo, al acercarnos a Cristo, nos hace volver la espalda al pecado. Por lo tanto, vuélvete del efecto a la causa, de tu propio arrepentimiento al Señor Jesús quien fue “ensalzado para dar arrepentimiento.”

“Me atormentan pensamientos terribles”
He oído a otro decir: “Me atormentan pensamientos terribles. Vaya por donde vaya, me asaltan blasfemias. Me asaltan tentaciones malignas en medio del trabajo y aun en la cama me despiertan las inspiraciones del maligno. No me puedo librar de esta tentación espantosa.” Amigo, comprendo lo que quieres decir, porque el mismo lobo me ha perseguido a mí. Más fácil será vencer a un ejército de moscas con un sable que dominar los pensamientos capitaneados por el diablo. El alma tentada, acosada por las sugestiones satánicas es como un viajero, cuya cabeza, orejas y cuerpo entero fue atacado por un enjambre de abejas. No las pudo espantar, ni pudo huir de ellas. Lo picaron por todas partes dejándolo casi muerto.

No me sorprendo de oír que no tienes fuerzas para acabar con esos pensamientos horribles y abominables, con los cuales el diablo inunda tu alma. No obstante, quiero recordarte el texto a la vista: “Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos.” Jesús sabía en qué estado nos hallábamos y en qué estado debíamos estar. Veía que no podíamos vencer al príncipe del poder del aire; sabía que nos molesta terriblemente, pero precisamente entonces, viéndonos en esa condición, Cristo murió por los impíos. Echa el ancla de tu fe sobre esto. El mismo demonio no podrá decirte que no eres impío. Cree, pues, que Cristo murió por ti. Acuérdate cómo Martín Lutero aplastó la cabeza de la serpiente con su propia espada. “¡Ah!” le dijo Satanás, “tú eres pecador.” “Cierto”, respondió Lutero, “Cristo murió para salvar a los pecadores.” Así, lo venció con su propia espada. Escóndete en este refugio y quédate en él: “Cristo... a su tiempo murió por los impíos.” Si te refugias en esta verdad, los pensamientos blasfemos que no puedes ahuyentar a causa de tu debilidad, se apartarán solos de ti, porque Satanás verá que no te vence atormentándote con ellas.

Si odias tales pensamientos, no son tuyos sino inspiraciones del diablo por los cuales él es responsable y no tú. Si luchas contra ellos, son tan poco tuyos, como las blasfemias y mentiras de los alborotadores en la calle. Por medio de esos pensamientos el demonio intenta llevarte a la desesperación, o cuando menos quiere impedir que confíes en Jesús. La pobre mujer enferma no pudo acercarse a Jesús por causa de la multitud, y tú estás en la misma condición a causa de la multitud de malos pensamientos que te oprimen. Sin embargo, ella extendió su mano y tocó el borde del vestido del Señor, y quedó sana. Haz tú los mismo.

Jesús murió por los culpables “de toda clase de pecado y blasfemia” y, por eso estoy seguro de que no rechazará a los que, sin quererlo, son cautivos de los malos pensamientos. Échate confiado sobre él, pensamientos y todo, y verás como es poderoso para salvarte. Él pondrá fin a esas inspiraciones del maligno y te hará verlas como realmente son, de modo que no te tormenten más. A su manera quiere y puede salvarte, de modo que disfrutes de perfecta paz. Solamente confía en él, tanto respecto a esto como a todo lo demás.

“Me falta poder para creer”
La forma de incapacidad que consiste en la supuesta falta de poder para creer es dolorosamente desconcertante. No nos extraña la queja que dice:

Con tal que creer pudiera,
Muy grato todo sería:
No puedo, si bien quisiera;
Es tal la miseria mía.
Muchos permanecen en las tinieblas durante años y años por falta, según dicen, de poder para hacer lo que en realidad no es hacer, sino el renunciamiento a todo poder para entregarse al poder de otro, al Señor Jesús. Es cierto que todo este asunto de creer es cosa muy curiosa, porque las personas no encuentran ayuda porque se esfuerzan por creer. La fe no viene por procurar creer. Si alguien me relatara algo que ocurrió esta mañana, no diría yo que procuraría creer lo que me contó. Si tengo fe en su honradez y se me presentó como testigo ocular, aceptaré su testimonio sin dudar. Si no le creyera persona digna de ser creída, naturalmente no le creería, pero no habría lugar para tal cosa como procurar creer. Ahora bien, cuando Dios mismo declara que en Cristo Jesús hay salvación, forzosamente tengo que creerle enseguida, o considerarlo mentiroso. Sin duda que no vacilarás respecto a lo que es el proceder correcto en este caso. El testimonio de Dios tiene que ser cierto y tenemos que creer ya mismo en Jesús.

Pero tal vez has procurado creer demasiado. No aspires a grandiosidades. Conténtate con una fe que abarca esta sola verdad: “Cristo, cuando aún éramos débiles a su tiempo murió por los impíos.” El dio su vida por los hombres cuando aún no creían en él, ni eran capaces de creer en él. Murió por los hombres no como creyentes, sino como pecadores. Vino para transformar a estos pecadores en creyentes y santos; pero al morir por ellos los consideraba totalmente sin fuerzas. Si te aferras a la verdad de que Cristo murió por los impíos y lo crees, tu fe te salvará y podrás irte en paz. Si confías tu alma al Señor Jesús que murió por los impíos, eres salvo, aunque todavía no puedas creer en todas las cosas, ni mover montañas, ni hacer otras obras maravillosas. No es la gran fe que salva sino la verdadera fe, y la salvación no está en la fe, sino en el Cristo, en quien la fe confía. Una fe tan pequeña como un grano de mostaza basta para darnos la salvación. No es la medida de fe, sino la sinceridad de la fe la cuestión a considerar. Ciertamente uno puede creer lo que sabe que es la verdad; y como sabes que Jesús es veraz, tú, amigo puedes creer en él.

La cruz que es el objeto de la fe es también, por el poder del Espíritu Santo, la causa de la misma. Siéntate y contempla al Salvador agonizante hasta que la fe brote espontáneamente del corazón. No hay lugar mejor que el Calvario que produzca seguridad. La atmósfera de ese monte santo da vigor a la fe vacilante. Muchos que allí han contemplado al Redentor, han dicho:

Mirándote herido, moribundo
En vil madero como delincuente,
La fe en ti, Señor, en lo profundo
Del corazón nacer se siente.

No puedo renunciar a mi pecado
“¡Ay de mí!” dices quizás: “Mi falta de fuerza consiste en que no puedo renunciar a mi pecado y sé que no puedo ir al cielo cargado de pecado.” Me alegro de que lo sabes, porque es la pura verdad. Tienes que divorciarte del pecado para casarte con Cristo. Recuerda la pregunta que le vino a la mente al joven Bunyan ocupado en sus deportes el día domingo: “¿Quieres guardar tus pecados e ir al infierno o abandonar tus pecados e ir al cielo?” Esto lo dejó pasmado. Ésta es una pregunta que todos tendrán que contestar; porque continuar en el pecado e ir al cielo es imposible. Tienes que abandonar el pecado o abandonar la esperanza.

Si contestas: “Sí, voluntad no me falta. Tengo el querer, pero no el poder para hacer lo que deseo. El pecado me domina y no tengo fuerzas.” Ven, pues, si no tienes fuerzas, aún hay remedio en este texto: “Cristo, cuando aún éramos débiles, murió por los impíos.” ¿Puedes creer esto ya? Por más que otras cosas lo contradigan, ¿quieres creerlo? Dios lo ha dicho. Es un hecho, y por lo tanto, acéptalo por amor a tu alma, porque allí está tu única esperanza. Créelo y confía en Jesús, y pronto tendrás poder para destruir tu pecado. Pero aparte de Cristo, el “hombre fuerte armado” te tendrá siempre como esclavo. Personalmente nunca podría haber vencido mi naturaleza pecaminosa. Me esforcé por hacerlo, pero fracasé. Mis malas inclinaciones eran demasiado numerosas, hasta que creí que Cristo murió por mí y entregué mi alma culpable a sus brazos. Entonces recibí el poder para vencer mi propio yo pecaminoso. La doctrina de la cruz puede ser usada para combatir el pecado como los guerreros antiguos usaban enormes espadas de dos filos, diezmando al enemigo a cada golpe. Nada hay como la fe en el Amigo de los pecadores: ésta vence todo mal. Si Cristo murió por mí, impío como soy, y débil como soy, entonces no puedo vivir más en el pecado, sino que debo levantarme, amar y servir al que me ha redimido. No puedo jugar con el mal que ha dado muerte a mi mejor Amigo. Debo ser santo por amor a él mismo. ¿Cómo puedo vivir en el pecado siendo que él murió para salvarme de él?

Qué espléndida ayuda es para el que carece de fuerzas, saber y creer que a su tiempo Cristo murió por los impíos como él. ¿Y tú? ¿Lo has comprendido ya? Es muy difícil para muchas mentes en tinieblas, pervertidas e incrédulas ver la esencia del evangelio. A veces he pensado, al terminar de predicar, que he explicado tan claramente el evangelio, que era imposible que alguien no lo comprendiera. No obstante, he notado que ni mis oyentes más inteligentes han comprendido lo que significa: “Mirad a mí y sed salvos.” Los convertidos dicen generalmente que hasta tal o cual día no habían conocido el evangelio, y esto a pesar de haberlo oído durante años. El evangelio es desconocido, no por falta de explicación, sino por falta de revelación personal. El Espíritu Santo está dispuesto a concederla a los que se la piden. Pero, aún después de concedida, la suma total de lo revelado está contenida en las palabras: “Cristo... murió por los impíos.”

No puedo permanecer firme
Oigo a otro quejarse diciendo: “¡Ay, ay! Mi debilidad consiste en que no puedo permanecer firme. El domingo oigo la palabra y me impresiona, pero durante la semana me encuentro con alguna mala compañía y mis buenas intenciones se esfuman. Mis compañeros de trabajo no creen en nada y dicen muchas barbaridades. Yo no sé cómo contestarles, y entonces me siento derrotado.” Conozco bien al señor Conformista, y le tengo lástima, pero al mismo tiempo, si es realmente sincero, su debilidad puede ser superada con la gracia divina. El Espíritu Santo tiene poder para echar fuera al espíritu de temor. Él puede hacer valiente al cobarde. Acuérdate, pobre amigo vacilante, que no debes quedarte en ese estado. Nunca da resultado que te trates mal y seas mísero contigo mismo. Ponte derecho y mide tu estatura para ver si tu destino es ser como un sapo atrapado entre los dientes del arado que no sabe si quedarse inmóvil o echar a correr. Usa tu razonamiento. Aquí no se trata meramente de un asunto espiritual, sino de valentía diaria. Haría muchas cosas para agradar a mis amigos, pero ir al infierno para darles gusto, no es una de ellas. Está bien hacer esto o aquello para mantener una amistad, pero mantener una amistad con el mundo a costa de la amistad con Dios es algo que nunca conviene. “Eso lo sé” dices, “pero a pesar de saberlo me falta valentía. No me atrevo a darme a conocer, a mostrar quién soy realmente. Me faltan fuerzas para ser firme.” Ahora bien, te repito el mismo texto: “Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos.” Si el apóstol Pedro estuviera aquí, nos diría: “El Señor Jesús murió por mí aun cuando era yo tan débil que por las palabras de una criada empecé a mentir y jurar que no conocía al Señor.” Sí; Jesús murió aun por los débiles que lo abandonaron y huyeron. Convéncete de esta verdad: “Cristo, cuando aún éramos débiles, murió por los impíos.” Éste es el camino de salida de la cobardía. Imprime bien esto en tu alma: “Cristo murió por mí,” y pronto estarás listo para dar tu vida por él. Créelo: él sufrió en tu lugar, ofreciendo por ti un sacrificio expiatorio, pleno, auténtico y satisfactorio. Si lo crees, forzosamente tendrás que sentir lo siguiente: “No me puedo avergonzar del que murió por mí.” Una convicción total de esta verdad te infundirá un valor a toda prueba. Acuérdate de los santos de la época de los mártires. En los primeros tiempos del cristianismo, cuando este pensamiento del gran amor de Cristo iluminaba con brillo infinito en la iglesia, los cristianos no sólo estaban listos para morir, sino que deseaban sufrir, presentándose espontáneamente de a cientos ante los tribunales confesando a Cristo. No digo que era prudente buscar de esta manera una muerte cruel, pero prueba que sentir el amor de Cristo eleva la mente que entonces supera todo temor al mal que el hombre pueda hacerle. ¿Por qué no haría lo mismo en ti? ¡Ojalá que te inspire ahora a tener la valentía de colocarte al lado del Señor para ser su fiel seguidor hasta el fin!

¡Ayúdenos el Espíritu Santo a llegar a este punto por la fe en el Señor Jesús, y todo resultará para bien!

Preguntas de estudio para la Parte 11: ¡Ay de mí! Nada puedo hacer

Sentimiento de incapacidad

1. Spurgeon dice: “A veces no le parece al corazón atribulado que el sencillo evangelio: “Cree, y vivirás” sea tan sencillo porque le pide al pobre pecador que haga lo que no puede hacer. Para el que verdaderamente ha despertado, pero es poco instruido, le paece que falta un eslabon. A lo lejos está la salvación por medio de Cristo, pero ¿cómo obtenerla? Al alma se siente sin fuerzas, y no sabe qué hacer.”
¿Hasta qué punto tiene usted personalmente este sentimiento de incapacidad para aceptar a Cristo?

2. Por favor escriba la referencia y el punto clave para cada uno de los pasajes bíblicos mencionados en esta sección:

a. Romanos 7:18
b. Romanos 5:6
c. Juan 15:5
d. Efesios 2:5.
3. a. El plan de salvación, ¿tiene en cuenta y soluciona esta falta de fuerza? ¿Cómo? (en sus propias palabras)
b. ¿Qué es una cosa que el pobre pecador sin fuerza puede hacer?

“No tengo fuerza para concentrar mis pensamientos”

4. ¿Qué solución se ofrece para los que no pueden (o no tienen suficiente preparación para) considerar largas o complicadas argumentaciones?

5. a. “Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos.” ¿Cuál es la verdad maravillosa detrás de estas palabras, en relación con la condición del pecador no salvo; es decir, qué requisitos debe cumplir para ser salvo?
b. Ahor por favor personalice su respuesta: escríbala nuevamente poniendo su propio nombre: ¿Qué requisitos debe usted cumplir? ¿Cree esto?

“No me puedo arrepentir lo suficiente”

6. Si usted sinceramente está queriendo apartarse del pecado, ¿por qué es incorrecto pensar que no tiene suficientes lágrimas, suspiros y suficiente desesperación para ser salvo?

7. a. ¿Cómo define Spureon el arrepentimiento?
b. ¿Cuál es el “punto principal” del arrepentimiento?

8. ¿Cuál es la solución si no se puede arrepentir como quisiera?

9. “El arrepentimiento no lo hará ver a Cristo, pero el mirar a Cristo le dará arrepentimiento.” Explique qué significa esto.

“Me atormentan pensamientos terribles”

10. ¿Cuál es la solución para los que tienen estos horribles e indeseados pensamientos?

11. a. ¿De dónde proceden estos pensamientos?
b. ¿Por qué aparecen?

“Me falta poder para creer”

12. “La fe no se obtiene por procurar creer.” Explique por qué no.

13. ¿Cuál es la solución para los que sienten que les falta fe para creer?

“No puedeo renunciar a mi pecado”

14. ¿Cuál es la solución para los que sienten que no pueden renunciar a su pecado?

15. “¿Cómo puedo vivir en el pecado siendo que él murió para salvarme de él?” ¿Cuál es su respuesta personal a esta pregunta?

“No puedo permanecer firme”

16. Las malas amistades pueden influenciarlo para que se aparte de Jesús. ¿Cuál es la solución para esto?

17. a. De todas las razones mencionadas en este capítulo 11 para no acudir a Cristo, ¿con cuáles ha luchado más usted pesonalmente?
b. Después de estudiar esta lección, ¿cree ahora que puede ser vencedor en su lucha? ¿Por qué?


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Fuente: Gospel Translations
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